¿Es necesaria la radicalización política en Ecuador?
Resumen
Tras el último proceso electoral en Ecuador, marcado por la manipulación mediática, el uso estratégico del lawfare y un marketing político basado en la trivialización de los problemas estructurales, surge la necesidad de preguntarse si es imprescindible una radicalización de las fuerzas populares. Voy a intentar sostener que, frente al afianzamiento de una narrativa hegemónica funcional al establishment, y ante el uso sistemático del fraude institucional y simbólico, la radicalización no solo es necesaria, sino urgente.
La narrativa hegemónica, tejida por los medios hegemónicos y amplificada por una intelectualidad acomodada, ha conseguido imponer un sentido común reaccionario: todo lo que no sea sumisión al modelo neoliberal es tachado de populismo, de retroceso o incluso de amenaza al país. Bajo esta anestesia colectiva, el pueblo ecuatoriano es inducido a aceptar el deterioro social como un destino inevitable, mientras los mismos grupos de poder que han manejado el país durante décadas se reciclan bajo nuevos nombres y rostros de aparente renovación. La política real ha sido sustituida por el marketing político: slogans vacíos, imágenes cuidadosamente editadas, candidaturas basadas en la emocionalidad inmediata (cartones) más que en proyectos de transformación estructural. No hay discusión seria sobre el modelo económico, ni sobre la dependencia financiera, ni sobre el lugar del Ecuador . Solo hay mercadeo de ilusiones y consumo rápido de promesas vacías. Pero la perversidad del sistema no se limita al terreno de las ideas. El fraude es también estructural. No solo se materializa en irregularidades electorales puntuales —aunque estas existen y se multiplican— sino en un fraude mucho más amplio: el fraude de un proceso democrático manipulado desde sus cimientos. Se excluye a líderes mediante sentencias judiciales exprés, se criminaliza a movimientos sociales incómodos, se silencian voces críticas y se promueve un simulacro electoral donde solo compiten opciones toleradas por el establishment. Todo esto bajo la apariencia de legalidad, en un proceso de lawfare que ha degradado a la justicia hasta convertirla en un brazo armado del poder económico y mediático.
En este contexto, la pregunta no es si es necesario radicalizarse. La verdadera cuestión es si hay alguna posibilidad de supervivencia política sin una radicalización consciente, organizada y estratégica. Moderarse, negociar, transigir en estas condiciones no es sinónimo de madurez política: es simplemente aceptar una derrota silenciosa. Radicalizarse significa aquí recuperar la capacidad de indignación, de movilización y de acción política profunda. Significa construir nuevas formas de organización popular que no dependan del beneplácito del establishment. Significa disputar la hegemonía intelectual , romper el cerco mediático, generar alternativas reales de poder popular y no mendigar espacios en un sistema diseñado para excluir a las mayorías. Radicalizarse hoy no es extremismo: es lucidez. Es entender que frente a un sistema que perfecciona su dominio, la única respuesta ética es la insurrección crítica, la resistencia activa frente a la domesticación emocional y cultural.
El Ecuador que viene no se salvará con gestos simbólicos ni con candidaturas decorativas. No se salvará con campañas de marketing bien diseñadas ni con promesas de "unidad" vacías.
En fin, no es una opción extrema: es la única respuesta racional ante un sistema que solo permite la participación del pueblo como espectador pasivo de su propia ruina. O se radicalizan las fuerzas populares, o serán arrastradas, una vez más, por la corriente de una historia escrita por otros.
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